No sé si no tengo amigos porque no quiero o porque no tengo lo que hay que tener. Estaría bien tener amigos sin exigencias. Bueno, hay alguien que se aproxima bastante a eso: solamente quiere tomar un café conmigo cada cierto tiempo y por lo demás ya nos seguimos comunicando por medios electrónicos. A muchas personas no les gustaría esto, pero a mí, sí. Y aún me sobra. Esos cafés suelen suponer perder media tarde escuchando tonterías que no me interesan, y yo tampoco suelo tener mucho que comunicar; podría explicarlo en un mensaje. Pero, en fin, habrá que intentar no ser tan mala amiga, sobre todo porque la otra parte va con buena intención.
Lo malo de las amistades al uso es que comprometen. Sobre todo, los fines de semana. Y más por costumbre que por disfrute. Suelo llegar al viernes bastante cansada, y lo último que me apetece es tener que volver a salir, y menos de copas. En todo caso, estaría bien salir el sábado por la mañana a hacer un poco de deporte y, entonces sí, tomar algo a la vuelta. Poco más. Saber que puedes contar con la otra persona en caso necesario, y ofrecer lo mismo por tu parte, eso estaría bien.
Luego están las decepciones. El tiempo juega en contra de las amistades largas. A veces es solamente que la gente va madurando de modos distintos y hacen su vida, y dejan de ver a los compañeros de clase y demás. Otras veces es que con el tiempo se revela quién es realmente la persona. Hay gente realmente agradable de trato en un principio que luego, cuando ya tiene confianza, se dedica a abusar un poco: llegar tarde por costumbre, cancelar planes por motivos poco claros, darte la lata por teléfono, pedir soluciones pero no dejarse ayudar... Hace un rato he visto a alguien que solamente se dirigía a mí cuando necesitaba algo, y el resto del tiempo, si te he visto no me acuerdo. Y me he alegrado de que ya no sea parte de mi entorno. Claro que amistad, amistad, aquello nunca llegó a ser, precisamente por resultar una persona aprovechada.
Por supuesto que me siento sola a veces, pero creo que no tiene solución y es algo que ya no me preocupa. Mi vida social, desde hace unos años, consiste en las personas que conozco en el trabajo o en actividades extralaborales (como las extraescolares, vaya, pero de adultos). No profundizo en las relaciones; raramente nos vemos fuera del centro donde coincidimos. Si acaso, nos mandamos mensajitos para preguntar cosas o mandar fotos. Y si se trata alguna vez de hacer algo juntos, siempre los mismos problemas de olvidos, retrasos, o primero me lían y luego no aparecen y tengo que hacer yo todo el tema de que se trate... Lo normal. ¿Quién quiere hacer el esfuerzo una vez más con personas informales? Yo ya paso.
Y pensar que de más joven me angustiaba estar siempre sola...
Lo malo de las amistades al uso es que comprometen. Sobre todo, los fines de semana. Y más por costumbre que por disfrute. Suelo llegar al viernes bastante cansada, y lo último que me apetece es tener que volver a salir, y menos de copas. En todo caso, estaría bien salir el sábado por la mañana a hacer un poco de deporte y, entonces sí, tomar algo a la vuelta. Poco más. Saber que puedes contar con la otra persona en caso necesario, y ofrecer lo mismo por tu parte, eso estaría bien.
Luego están las decepciones. El tiempo juega en contra de las amistades largas. A veces es solamente que la gente va madurando de modos distintos y hacen su vida, y dejan de ver a los compañeros de clase y demás. Otras veces es que con el tiempo se revela quién es realmente la persona. Hay gente realmente agradable de trato en un principio que luego, cuando ya tiene confianza, se dedica a abusar un poco: llegar tarde por costumbre, cancelar planes por motivos poco claros, darte la lata por teléfono, pedir soluciones pero no dejarse ayudar... Hace un rato he visto a alguien que solamente se dirigía a mí cuando necesitaba algo, y el resto del tiempo, si te he visto no me acuerdo. Y me he alegrado de que ya no sea parte de mi entorno. Claro que amistad, amistad, aquello nunca llegó a ser, precisamente por resultar una persona aprovechada.
Por supuesto que me siento sola a veces, pero creo que no tiene solución y es algo que ya no me preocupa. Mi vida social, desde hace unos años, consiste en las personas que conozco en el trabajo o en actividades extralaborales (como las extraescolares, vaya, pero de adultos). No profundizo en las relaciones; raramente nos vemos fuera del centro donde coincidimos. Si acaso, nos mandamos mensajitos para preguntar cosas o mandar fotos. Y si se trata alguna vez de hacer algo juntos, siempre los mismos problemas de olvidos, retrasos, o primero me lían y luego no aparecen y tengo que hacer yo todo el tema de que se trate... Lo normal. ¿Quién quiere hacer el esfuerzo una vez más con personas informales? Yo ya paso.
Y pensar que de más joven me angustiaba estar siempre sola...
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