De copas por ahí, con un grupo al que no conozco más que a medias. Edades diversas, vidas diferentes. Me costaba hablar, a pesar de que sí tenemos cosas en común. Inevitable sentirme algo aislada.
Y envidiar. Envidié la vida de Julian, simplemente porque sale al menos un día entre semana a hacer algo especial con su mujer. Porque se fue a casa a ver algo trivial en la tele, con despreocupación veraniega.
Envidié la vida de Joey, que hablaba como los adultos: su mujer se había ido de compras con una amiga y luego se iban a cenar por ahí. Yo nunca seré adulta del todo.
Leo tiene una vida familiar algo complicada, unos niños algo problemáticos, y no es que le envidie, aunque creo que su situación no es mala, sólo algo atribulada, seguramente hasta que los niños maduren un poco más. Es un tío notablemente inteligente, eso sí es envidiable.
Ian está separado, pero tiene una novia y una esperanza de que las cosas vayan a mejor, también con su hija. Envidié lo bien que se las arregla con la niña, que parece estar superando con calma el problema de sus padres (con todo, a él se le nota tristeza, y me da un poco de pena).
Había también un par de estudiantes, no muy buenos, pero muy sanos y relajados. Con lo que odiaba yo mi etapa universitaria, también los envidié.
Al único que no envidié fue al más tonto del grupo. Sólo a él se le ocurre dejar embarazada a su novia en este momento, sin tener más que un trabajo mediocre, en plena crisis. Bueno, a él... y a ella, creo que no fue accidental la cosa. En fin, hasta él ha encontrado su tal para cual.
Tengo un nivel de vida probablemente mayor que el la mayoría de ellos, y seguramente menos problemas personales y familiares, pero soy como esos países que tienen muebles de diseño y sus habitantes se suicidan porque se aburren.