Aquí estoy, pelándome de frío por pura vagancia para levantarme, salir de la habitación y girar el termostato. Será que el frío también me ha helado las ganas de moverme.
Jo, esto no puede ser, ¿no?
Un momento...
Ya está, arreglado. Enseguida subirá la temperatura ambiente.
La nieve sigue ahí fuera, pero no puede tocarme con su piel pálida. Antes he estado jugando como una idiota a los operarios municipales. Cras, cras, arrancaba la costra de hielo de la acera. Ayer hice un par de bolas y las tiré al aire, tratando de apuntar sin conseguirlo. Y qué mala soy disparando, joder. Se me daba mejor usar una escopeta de perdigones, de esas que supongo que ya no es tan simple conseguir. Hoy he visto a un niño tirar contra un autobús escolar, a bastante distancia para lo pequeño que era, y le ha acertado de lleno a la ventanilla, donde estaba su coleguita riéndose. La segunda vez ha fallado, pero porque no ha apretado bien la bola y se le ha deshecho antes de impactar. Creo que, si no, podría haber sido un tiro tan bueno como el primero.
También quería haber hecho un muñeco de nieve, pero no llevaba guantes y no habría podido hacer gran cosa.
Mientras, se acerca San Valentín. Hoy he visto a alguien que no veía y en otro tiempo me gustaba un poco. Me ha sonreído como con complicidad, he correspondido, pero bueno, ha sido más bien algo entre colegas que llevan un tiempo sin verse. Supongo que sigue bien con la novia.
Más tarde he ido a tomar un café y me he encontrado con otra persona, con la que he pasado un rato hablando. Es extraño, no ha pasado nada malo y cuando nos hemos ido a nuestros sitios respectivos me sentía tristísima. Exageradamente, al borde de la depresión. Más o menos lo he superado y he conseguido cumplir con mi ración de trabajo. Incluso demasiado bien; me ha sobrado tiempo al final de la mañana.
Como todos los años, no he podido participar en ningún concurso de relatos de amor. Será cuestión de ponerse a escribir en agosto, para poder tener algo preparado en estas fechas. Aunque, la verdad, para mí no significa más que tenerme un poco de lástima y superarlo tratándome bien, es decir, gastando un poco, que es lo que pretende esta fiesta perversa. Tengo un arsenal de chocolate, he hecho un pastel, he bajado otro libro de Murakami y me he comprado unos pantalones de rebajas (ya era hora, los necesitaba, San Valentín o no San Valentín). Que, por cierto, me quedan de maravilla, según me dicen, y no sólo ha sido la dependienta. Quizá eso haya sido lo mejor del día.
El gran misterio: tengo un culo decente, no estoy gorda, el otro día me dijeron que tengo ojos bonitos... y nada de nada; es rarísimo que un tío se me acerque, y si lo hace, una de dos: o está claro que no hay química (sobre todo por detalles como una posible halitosis) o directamente es un tarado, incluso peligroso. Que noooo, que no soy yo la que los ve a todos así, es que podría hacer una lista de lo que pesca mi extraño poder de atracción. Además, me cuentan que es un mal relativamente común lo que me ocurre.
En fin... Si realmente me pongo triste, también puedo tirar de un pequeño alijo de tranquilizantes que conservo. No me harán feliz, claro, no son antidepresivos, pero me adormilarán y podré estar tirada en el sofá delante de alguna peli, pasando de todo.
Joder, eso que acabo de escribir... No, si al final lo de los tranquilizantes irá en serio, ya verás.