sábado, 13 de octubre de 2012

Cómo parar

No sé parar cuando debo hacerlo. Me refiero a todas mis obligaciones. Si son poca cosa, no se nota: cuando voy a hacer un recado, no lo dejo a la mitad, sino que voy a ese banco, a esa tienda o adonde sea, hago lo que tenga que hacer allí y me vuelvo. Sin embargo, como se trate de algo más pesado, algo que necesite paciencia, tengo un problema: por mí, haría cada trabajo del máster entero en el mismo día que lo empiezo, y da igual si eso supone doce horas sin levantar el boli del papel o el ojo de la pantalla. Luego pasa lo que pasa: me duele todo el cuerpo y soy incapaz de relajarme. No hago pausas, salvo para ir al baño o a comer. Hago muy, muy mal, porque sufre mi espalda, sufren mis ojos, sufren mis nervios... pero, si hago más pausas, tampoco estoy tranquila.

Tengo que aprender bastante de mí para controlar eso. Debo acostumbrarme a forzar un poco la pausa y confiar en que no se hunde el mundo por dejarlo todo un rato. Al contrario; luego vuelvo a trabajar y lo hago mejor, seguramente. Es más, si consigo parar, al de poco rato ya no me asquea todo lo que queda por hacer, sino que me entran ganas de seguir, pero ganas de verdad, no esa sensación de obligación.

A veces (pocas) también paro un poco más de lo normal, sobre todo cuando he terminado algo y debo empezar otra cosa diferente. Me siento incapaz de emprender esa tarea a corto plazo, aunque ya haya empezado a aburrirme de no hacer nada. Seguramente es porque mi cabeza no ha terminado de ponerse las pilas, en el fondo, pero sigue con la tensión. Parece contradictorio: necesito descanso después de haber estado ya un tiempo relativamente largo descansando. En circunstancias normales, el aburrimiento nos dice que hemos descansado lo suficiente. Precisamente, esa sensación es aquello que está más allá del descanso. Pero lo mío no son circunstancias normales, no tengo medida.

Pequeñas instrucciones de autoayuda:

- Quitar importancia a eso de tenerlo todo listo en plazo (no en el trabajo, claro, sino en el máster). Otra gente entrega las cosas con una semana de retraso y no pasa absolutamente nada. Podría ser una cuestión de quitarme ese orgullo tonto que me hace ser más puntual que el té de las cinco.

- Quedarme quieta media hora. Si lo consigo, luego es cuando empiezo a relajarme de verdad.

- Pensar que tampoco pasaría nada si no superara este curso.

- Recordar las cosas que me relajan: meditar y escribir este tipo de post, leer algo intrascendente, bañarme (en lugar de ducharme), jugar con los críos de la familia (sorprendente: me agobian, pero a la larga me hacen sentir más tranquila), hacer un poco de deporte...

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