Tengo a todo el mundo enfermo alrededor, y eso quiere decir que mi ocio se reduce considerablemente. Y que cuando encuentro un rato libre, como esta tarde, lo aprecio. Es como un islote de calma, un pedazo de universo en el que no va a entrar nadie, entre otras cosas porque las posibles visitas se han apartado por propia voluntad, dado el miedo al contagio.
Es cierto que no hay manera de librarse del estúpido programa de la Campos ni de los comentarios plastas de mi padre, pero me siento como un oso hibernando aún: tranquila, protegida, feliz.
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