domingo, 21 de julio de 2013

La mitad

Poco a poco, nos acercamos a la mitad del verano. He vuelto a mi estado semidepresivo normal. Se me ha pasado completamente el subidón de fin de curso, mis endorfinas se han largado de vacaciones. Yo, no. Aún no he pedido un puñetero día. No espero ilusionada esa época del año. Es decir, me gusta lo de dormir hasta cuando lo pide el cuerpo y perder de vista la oficina siniestra, pero eso es todo. Sé lo que va a pasar y no creo que la vida me sorprenda. De hecho, ya estoy en pleno anticipo vacacional, leyendo de una forma compulsiva, y con poco contacto con gente. Sí, se ha ido otro año y, aunque he conocido un poco más a algunas personas, sigo sin una vida social propiamente dicha. O sea, mis fines de semana y mis vacaciones siguen a cero. Trato de recordar que tampoco me hace mucha gracia tener que cumplir con compromisos sociales, es decir, quedar con gente por obligación, tener que llamar a tal o cual para cosas que quizá no me apetezcan... No sé, el eterno dilema, la ausencia de ese tipo de deberes tampoco es buena.

Para terminar de arreglarlo, hoy no me apetecía ver tampoco a mis sobrinos, que se han pasado antes por casa. Generalmente los echo de menos, pero hoy, en cuanto han entrado, me he sorprendido deseando que se los llevaran sus padres para poder estar tranquila. No son ni más ni menos terremotos que otros críos, supongo. Movidos, sí, pero sin más, incluso me parece que se están calmando poco a poco, con el tiempo. Qué mala madre habría sido, hay que ver. Los tíos nos podemos librar al de un rato, pero los padres tienen que estar encima las 24 horas del día, y me temo que yo habría renunciado hace tiempo a la patria potestad, o si no, estaría medicada para poder soportar esas "alegrías" de la vida.

Me acabo de poner un concierto clásico en la tele y luego veré al Punset, y se acabó el domingo.

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