Casi he terminado otra semana de pasillos faculteños. Ahí casi todo va bien, es un punto a favor de seguir adelante y titularme de una buena vez. No es que vaya a sacar unas notas gloriosas, creo yo, pero es posible que lo apruebe todo en pocas convocatorias, y ojalá que sólo en una. No debería importarme, yo ya tengo mi sitio en la vida, salvo que cierren la empresa o entremos en un ERE de los gordos. Sin embargo, una vez embarcada en el rollo este, me pone enferma pensar que pueda salir mal. Eso es lo tonto, más que el hecho de haberme matriculado. Se llama sufrir inútilmente, y soy una experta en ello.
Y la tontería ajena: una vez que has tomado la decisión de no seguirle el juego al tontaina que coquetea todo el tiempo contigo, y teniendo él una buena razón para cortar con eso, ¿a qué vino la carita de dolido del otro día? Está como para ir al psicólogo, el colega. Esa cara la debería tener yo, no él. Quien se ha portado como un gilipollas no he sido yo. Lo mío me cuesta poner ahora expresión neutra, haciéndome la tía dura. Y no voy a cambiar de actitud, porque es estúpido hacer otra cosa, salvo que suceda algo extraordinario que dudo mucho que vaya a pasar. En fin, atraigo a los frikis.
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