Bueno, seguimos con los días más divertidos del año. Como preveía, no ha sucedido nada hoy, o casi. Lo más reseñable, que me he encontrado con una cotilla que hacía mucho que no veía a primera hora de la mañana, la cual por supuesto me ha estado preguntando por mis cosas de trabajo ("Bien, todo bien, señora". Bueno, no es así exactamente, pero a ella no le voy a dar detalles chungos que pueda disfrutar). Y a segunda hora, con quien me he topado es con una pesada de esas que te cuentan las enfermedades familiares y acabas preguntándote si la enfermedad de su familia no será ella. Entre eso y una puesta de pilas brutal se me ha pasado la mañana.
La tarde también la he tenido algo ocupada, pero menos. Me ha pillado la lluvia en la calle y he llegado a casa a tiempo de ver cómo se convertía en un diluvio. Me encanta ver la lluvia desde mi ventana, y si no hace demasiado frío, soy muy capaz de sentarme en la parte más resguardada del balcón con un libro, a disfrutar del ruido de las gotas. Hoy lo he hecho, pero no me ha durado mucho el disfrute, porque el agua entraba hasta donde estaba yo y me mojaba, así que me he contentado con la ventana. Ha sido curioso, absolutamente relajante, como si de repente me quitaran un gran peso de encima y mis brazos y piernas cayeran hacia los lados de la silla.
Poco más. No he tenido mucha compañía, como me suele pasar, pero al menos he podido campar a mis anchas. Y no sé cómo se me ha olvidado, pero no he ido al súper, lo cual es bueno y es malo, porque más que nada proyectaba comprarme comida basura, pero también algunas cosas más necesarias que no sé cómo las voy a sustituir en los próximos días. En fin...
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