Alto, rubio, bastante guapo y con una expresión agradable. No era el momento ni el lugar, pero creo que nos fijamos el uno en la otra y viceversa.
Total, que a la hora de empezar la charla de trabajo, el tío se estaba metiendo el dedo en la nariz.
Y media hora después, el mismo dedo volvió a taladrar el mismo agujero.
Se jodió el romanticismo... para mí siempre será un dedo a una nariz pegado.
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