Sin embargo, no ha sido un día malo. Me ha pasado algo bueno, algo así como ser la reina del mambo durante unos minutos (esos minutos de gloria que dicen que todos tenemos alguna vez). La máquina de café me ha devuelto una moneda de más. No he discutido con nadie, no ha habido más marrones de los debidos... pero me sentía muy de bajón. Y hambrienta, no dejaba de picotear, pese a que era imposible que tuviera hambre. Sería para llenar el hueco anímico.
La solución ha venido vía paliza de gimnasio, que es cuando me he puesto a pensar sólo en sobrevivir, en el final de la clase. Me he puesto a soltar endorfinas como una loca. Y mis sobrinos han venido a verme, con lo cual... me han curado del todo.
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