sábado, 12 de abril de 2014

Los caminos equivocados

He caído en varias de estas trampas a lo largo de mi vida:

Tratar de integrarte yendo a un bar a solas. Como mucho atraerás a algún ligón pesado, o a alguien no muy bien de la azotea. Lo más habitual será que te des cuenta de que no estás en el mundo de los demás, que ya se han traído a sus amigos/novio/familia al bar. Y pocas cosas hay más solitarias que una mesa para una rodeada de mesas para varios.

Pensar que vienen días de fiesta en los que podrás ir de tiendas y comprarte algo que te guste. A no ser que necesites algo o quieras regalarte algo muy concreto, tienes muchas probabilidades de acabar con algo que no te vas a poner o te ocupa demasiado espacio o realmente no te gustaba demasiado; sólo te apetecía el hecho de comprar y te da sensación de vacío una vez que has soltado la pasta.

Creer que vas a disfrutar de una salida en grupo (sí, a veces sucede), te vas a reír e incluso te va a hacer caso fulanito. En realidad, vas a tener que soportar gente a la que no puedes ver ni en pintura, pero que son parte del lote, no te vas a reír más que cuando te entre la risa floja de todo lo que has bebido como una imbécil. Fulanito sólo sentirá lástima por ti, o quizá te de unas esperanzas de esas que quedan en nada al día siguiente. Y la resaca va a ser jodida de pasar.

Ansiar la llegada de las vacaciones de Semana Santa y luego ver que se trata solamente de pasar varios domingos seguidos encerrada, porque no hay absolutamente nada que hacer. Incluso las pocas veces que me he ido de viaje ha resultado ser una semana algo tristona... y no a todos nos gusta estar todo el día en una tumbona.

¿Remedios? Simplemente, no hacer nada de eso. Tampoco te arreglará la vida, pero no harás el tonto y ahorrarás. Y, en cuanto a Semana Santa, este año me pilla con una carpeta llena de series que no he podido ver en los últimos meses. Es lo que tiene almacenar. Espero disfrutarlas mucho.

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