Ahora que he podido centrarme, veo que aprendo todos los días en el trabajo. Cuando lo pienso, me hace feliz. Lástima esta incapacidad mía de disfrutar. No entiendo cómo son compatibles esas circunstancias tan geniales con el horror al vacío, los pensamientos suicidas y el no verle sentido a nada.
No es que me esté planteando hacer ninguna barbaridad, pero me veo casi sin proyectos de futuro, con todos los días iguales por venir: levantarse, trabajar, ver alguna tontería en la tele, dormir y vuelta a empezar hasta la jubilación, que quién sabe cuándo nos tocará a los de mi generación.
La mía es una situación difícil: salvo sorpresas, tengo asumida la soledad. Ya he hecho todo lo interesante que puede hacer una persona como yo, he aprendido de todo y la mayoría de lo que he aprendido no me va a servir de mucho, aunque el saber no ocupe lugar. Me gusta mi trabajo, pero por suerte o por desgracia no ocupa todo mi tiempo. No tengo muchas personas con las que hablar porque la sociedad me da más problemas que soluciones. Espero como una imbécil el fin de semana, pero lo único bueno que le saco es poder dormir un poco más (y ni siquiera soy de esas personas que disfrutan de una mañana bajo las mantas).
Seré una pesada, pero algo falla en mi vida y no sé qué hacer con ella.
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