- Creo que B. ya no sabe ni qué decirme, y no me extraña. Lo mismo que yo ya no sé ni qué decirle con respecto a sus rollos particulares, pero al menos yo no corto la comunicación.
- Me está pasando factura el estrés: hoy he tenido que sentarme después de pasar la aspiradora. No bromeo.
- Voy a bajar a desayunar a la cafetería de al lado, pero por otro lado, estando tan cansada, me dan ganas de quedarme aquí, tomar un tazón de sopa y poco más. En fin, habrá que dar algo que ganar a la pobre gente de detrás de la barra, que también son tiempos duros para ellos.
- Los sábados por la mañana no me cunden. En realidad no me pongo en marcha hasta las once de la mañana, y como tenga algo que hacer a partir de esa hora, entonces me dará la una y no me habré dado cuenta.
- Y el caso es que tengo algo que hacer, y además algo que me gustaría hacer, y desde luego eso voy a tener que aplazarlo.
...
- Surgen recados inesperados, y entonces se me impone una parsimonia mañanera. Voy, hago lo que tengo que hacer, y para lo que planeaba apenas quedan resquicios de tiempo. Bien, pues hago lo que puedo, y ya es la puñetera hora de comer. Me quedo con ese run-run en la cabeza, ya veo que voy a tener que sacrificar la tarde del sábado. Sé que tendré tiempo más adelante, pero el problema, más que cansarme del esfuerzo, es cansarme por no poder dejar de pensar en eso que está pendiente, y encima tener que esforzarme a continuación. Puto máster.
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