Debe de ser algún poder superior el que me manda trabajo para vacaciones. Así no hay riesgo de que me deprima por el cambio de horarios y de ritmos, cosa que me ha pasado más de una vez. Sí, ya sé, soy rara de cohones.
En fin, no queda casi nada por hacer. Estoy cansada, claro, y encima me parece que he cogido frío, seguramente porque me destapo por la noche y no está haciendo tanto calor.
Recuerdo los libros de vacaciones de mi infancia, otra manera de fastidiarme. Hasta cierto punto, claro, porque eran bonitos y no tenían grandes complicaciones. Solía acabármelos al principio de las vacaciones, de modo que ya no estorbaran, pero si su intención era que recordara lo aprendido durante el curso a lo largo de todo el verano... fracaso total.
Ahora voy a tocarme los webs un rato, veremos qué hago mañana. Tengo hasta una lista por ahí, para casos de aburrimiento supino (tendría que consultar a un psicólogo por qué me aburro tanto).
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