Acabo de volver de un breve viaje familiar, supuestamente vacacional, pero que en realidad me ha obligado a hacer de todo. Es lo que tienen las vacaciones: al final sólo son un cambio en el tipo de estrés que soportas, y tienes suerte si al menos desconectas un poco. No me apetecía mucho ir, por bonito que fuera el sitio, que lo era (una pasada). De hecho, estoy encantada de haberme vuelto a casa. Con heridas de guerra, como me suele pasar, pero ya veremos lo que hago con ellas.
Y bueno, eso, que, menos conducir, he hecho de todo: he tenido que buscar y contratar el alojamiento, hablar en otro idioma que tenía casi olvidado, encontrar la ruta con todos los mapas del mundo, ya que se estropeó el GPS, encargarme de cocinar un poco...
Por cierto, ese libro que se titula "Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas" tiene un error ya de entrada: resulta que entiendo divinamente los mapas de carreteras, al menos tan bien como el conductor. No lo sabía, no lo había intentado nunca, y me sorprendió tener tanto "éxito". He comentado la frasecita con algunas mujeres y ellas tampoco sabían que teníamos fama de disléxicas en esto. Y también me han mirado incrédulas, claro, lo único que no entendían era de dónde había salido esa idea ¿yanqui?.
Qué sé yo, igual resulta que es un topicazo en los USA, otro prejuicio sin sentido, y el libro lo pone verde. En la duda, he preferido descargármelo, así que ya le echaré un vistazo. Por lo visto, uno de los coautores es un tipo que escribió otro libro sobre lenguaje corporal que me pareció muy interesante en su día. Espero no cambiar mi opinión sobre él.
He llevado un breve diario de vacaciones en el que cuento mis penurias. Quizá lo cuelgue aquí, si soy capaz de pasarlo a limpio, porque está en las últimas páginas de un cuaderno que no era para eso.
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