lunes, 1 de noviembre de 2010

Endorfinas

Una cerveza y un cumpleaños, el mar rizado y la lluvia empezando a caer.

En realidad, es poca cosa lo que necesito para sentirme mejor. Ahora mismo me fluyen las endorfinas. Es como acercarse a una estufa después de estar tres horas a la intemperie, bajo la lluvia. Algo te acaricia por debajo de la piel: tu propia sangre con esos pequeños aditivos que tanto se agradecen.

Ya veo que no necesitaba ni el dichoso tablet, ni mi cámara cara. Sí necesitaba salir del agujero. O de los agujeros: el de la oficina siniestra y el de este rincón donde tengo el ordenador.

El otoño amenaza invierno. El invierno es triste. Pero espero que las luces amarillas de cualquier pueblo pesquero me hagan valorar el simple hecho de seguir viva.

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