martes, 2 de noviembre de 2010

Panik

El fin de semana acabó como un adelanto de la vejez: soledad total. Trabajar es una mierda, pero al menos estás con gente, aunque muchas veces eso tampoco tenga ninguna gracia. Estaría bien tener un despacho con llave y ver al resto de los compañeros por un panel de cristal poco transparente. Que no llamen a mi puerta más que para lo imprescindible.

Yo pensaba que me había acostumbrado a la soledad... Qué va. Me había acostumbrado a no tener muchos amigos, eso es todo. La soledad total no es ni de lejos deseable, no haces más que oír tus propios pensamientos negativos.

Necesitaba salir a la calle. Mis problemas lo impidieron y acabé peor que al principio. Salir con gente implica también volver cuando el grupo dice que es hora de volver, y su horario siempre es mucho más amplio que el mío.

No puedo seguir así y no puedo cambiar. Jodido lo tengo.

¿Qué me gustaría? Se me ocurre que vivir en un pueblo con pocos vecinos, vallas altas y un jardín para poder sentarme al sol cuando me dé la gana, como una lagartija.

¿Por qué no lo hago? Porque una casa es cara y tengo la impresión de que haga lo que haga no saldrá bien, porque, entre otras cosas, la perfección no existe. Sé que acabaré haciéndolo... y me pregunto hasta qué punto me arrepentiré.

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