domingo, 12 de julio de 2009

Tenemos que hablar del cabrón ese

Hace tiempo que había leído en ciertos blogs reseñas sobre Tenemos que hablar de Kevin, de Lionel Shriver.

Bueno, no estaba segura de si me iba a gustar, pero finalmente me lo he agenciado, con otros que también me parecen interesantes.

Generalmente lo califican como libro enganchante y, además, de buena calidad. Sí que absorbe, pero a mí no tanto como a otra gente que dice haberse pasado noches casi en blanco con él. Luego, en algunos sitios, ponen verde a la protagonista: que si no quería hijos no debería haber tenido a Kevin, que es políticamente incorrecta, etc. Parece que ponen el grito en el cielo por el hecho de que alguien ponga en duda los clichés de la maternidad.

Yo no creo que las cosas sean tan simples; es muy probable que, entre todas las embarazadas, haya un altísimo porcentaje que tuvo sus dudas a la hora de dejarse fecundar, o que odió su embarazo porque no era lo que esperaba, o porque le causó demasiados problemas. Y eso no quiere decir que luego sean madres irresponsables que merezcan hijos psicópatas. Simplemente, son humanas y no son infalibles. Creo que mi propia madre no estaba convencida de tenerme, y nos llevamos muy bien.

En mi opinión, no se puede decir que Eva descuidara a Kevin; ella trató de hacer las cosas lo mejor posible dentro de sus limitaciones, y le cayó en suerte un auténtico cabrón sin remedio. No es normal ese rechazo desde el principio a todo; yo lo encuadro en una exageración literaria, quizá sea incluso un pequeño fallo del libro. No me cuadra que a una persona le guste el mal por el mal, que un niño no disfrute absolutamente con nada, excepto con hacer la vida imposible a su madre prácticamente desde su nacimiento. Me viene a la cabeza aquella película, La profecía. El niño es sospechosamente parecido, y da miedo. Lo peor es que esta vez todo está en el terreno de lo terrenal, valga la redundancia, y eso hace que te parezca un poco más realista, factible, y no se te pasa cuando sales del cine, o del libro.

Tampoco acabo de encontrar creíble que un padre esté tan absolutamente ciego con su hijo que no vea que hay cosas que deberían prenderle las alarmas: Franklin sabe muy bien que nadie aguanta al chaval en el barrio y debería preguntarse por qué, sobre todo viendo que con su hija no ocurre lo mismo (supuestamente, porque no se especifica). Tiene razones para buscar un ejército de psicólogos, pero se empeña en hacer como si todo fuera normal y se cree sus propias mentiras. Es pura cerrazón y ni siquiera se le ocurre indagar sobre la relación entre su hijo y su mujer. Tratándose de los Estados Unidos, me extraña que nadie colocara una cámara oculta para ver cómo eran las cosas en realidad; yo lo habría hecho, si hubiera estado en el lugar de Eva. O en el de Franklin, para asegurarme. Aunque claro, como no hay peor ciego que el que no quiere ver, es probable que este tipo hubiera buscado explicaciones alternativas, por inverosímiles que fueran.

Más cosas: ¿es razonable que Eva no tratara por todos los medios de impedir que su marido regalara al cabronazo una ballesta? Debería haber dicho y hecho mucho más.

Lo del "accidente" de la niña tampoco me parece que tenga mucho sentido. Mejor dicho, es la poca reacción la que me resulta ilógica: si mi marido fuera como el del libro y mi hijo un psicópata, a la menor señal de alarma pido el divorcio y la custodia, y me largo con la chiquilla. Si no me lo permiten, lo haría por las bravas. Pero Eva, aun convencida de cómo han sucedido realmente las cosas, simplemente trata de adaptarse a la situación, y todo acaba como acaba.

Diría que es un buen libro, a pesar de todo. El típico con el que le doy la lata a la gente, se lo recomiendo, les digo que no se lo pierdan, que se lo presto...

No hay comentarios:

Publicar un comentario