martes, 20 de abril de 2010

Papel

Blanco, crema, de otros colores. Liso, rugoso. Especial para acuarela, multipropósito, simples folios. Carísimo, baratito. De arroz, reciclado, sin cloro...
Debo de tener varios ejemplares de casi cada uno de esos tipos. Me gusta el papel como objeto, aunque no haga nada para aprovecharlo. Lo último, una acuarela mediocre que, sin embargo, ya se apropió alguien de mil amores. Agradecí el interés, pero no puedo evitar la objetividad: no valía mucho.
Esos folios, esas láminas, también me angustian, porque representan lo que no hago, cómo estoy tirando lo que pueda quedar de mi talento artístico a la basura.
Y pensar que cuando era pequeña gané un par de concursos de dibujo...
No sé, debería retomar todo eso y, no entiendo por qué, no soy capaz.
Sin embargo, algunos días he podido hacer cosas, y he visto que lo que necesito es darle menos vueltas al tema, seguir los consejos de Picasso, que decía que la inspiración debe pillarte trabajando. Es decir, tú te pones a ello, dejas que salga lo que sea, y puede que en algún momento algo resulte ser un buen trabajo. Además, así no pierdes la mano, que fue lo que me dijeron cuando dejé de tener tiempo para ir a clases: que ni se me ocurriera perderla. Bueno, no se me ocurrió, no me levanté un día diciendo "hoy voy y la pierdo", pero sí la descuidé. Tampoco me parece que sea nada irrecuperable; ya he visto que la mera falta de práctica no me afecta tanto. Lo malo es que, por supuesto, no hay progresos. Si acaso, consigo llegar al nivel mínimo exigible en un rato.

Mientras tanto, mi mesa de trabajo parece el Muro de la Vergüenza, versión horizontal y artística. A ver si se me cae la cara de la ídem y lo remedio.

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