domingo, 5 de septiembre de 2010

Actualidad personal

Las vacaciones no me gustaron. Surgió aquel problema con el virus que me tuvo inquieta durante días, primero para eliminarlo y luego para arreglar los destrozos. De hecho, me quedé sin Nero y no lo he podido reinstalar, porque no tengo una versión decente. Sí que he podido sustituirlo por algo parecido, pero estaba tan acostumbrada a él... Luego, el viaje fue un coñazo plagado de discusiones y con ciertos personajes que aparecieron de pronto y no me cayeron bien para nada.
En realidad, los viajes los disfruto a posteriori: me alegro de volver a casa y de haberlos dejado atrás, y también de sentirme casi normal cuando puedo contestar que sí estuve por ahí en vacaciones (pero claro, por la ley de Murphy, cuando viajo es cuando menos me preguntan qué hice en agosto).

Me siento más relajada que en julio, con mayor capacidad de relativizar mis problemas. No sé lo que durará, pero mientras tanto, lo aprecio. Me viene muy bien este relax para no volverme loca en el curro. Los momentos laborales chungos, si puedo, los escribo en un cuaderno que me encontré en mi cubículo al llegar. Claro que ahí también tengo dibujos chorras, y si algún día alguien lo abre, igual me cago por las patas. En precaución, el otro día arranqué un par de páginas comprometidas, y las tengo aquí, a mi lado. Una de ellas contiene una especie de caricatura que, aunque no sea muy buena, es muy peligrosa, porque al personaje lo reconocería cualquiera. La otra página contiene de forma explícita mis sentimientos de los primeros días: cansada, somnolienta, con sensación de inutilidad... Eso no ha variado mucho. Si se entera mi jefa directa, por ejemplo, no le va a gustar nada mi actitud. No sé si serviría explicarle que también estoy dispuesta a hacer un esfuerzo, aunque sea comiéndome los hígados a diario, hasta que la cosa marche medianamente bien. En fin, es posible que me tenga calada ya. También sé que sabe que hago algunas cosas bien.

El verdadero problema, aquí y en el trabajo de antes, es que tengo esa grave sensación de inutilidad. No sé si está justificada o no; soy consciente de que nadie salva a la humanidad todos los días y todo el mundo aporta lo que puede y luego se olvida, sobre todo mientras le paguen. Y yo no me puedo quejar del sueldo, por lo menos ahora. El caso es que es lo que siento. Creo que sería más feliz arreglando un peldaño de esa escalera de hormigón que está en malas condiciones. Ayer lo fui cuando me pidieron que fuera a la pastelería, a hacer un simple recado para casa.

Mi flickr, bien, gracias. Tengo todavía un montón de fotos que colgar, y las últimas han tenido buenas críticas.

También he vuelto al gimnasio. Si no me ha dado aún un paro cardiaco, debe de ser porque los milagros existen. No acabo de entender esta baja forma, después de haber hecho ejercicio durante todo agosto. Vale, lo hacía a mi ritmo, más bien como un juego y sin supervisión, pero no me he quedado quieta.

Y vuelvo a dormir como el culo...

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