sábado, 11 de septiembre de 2010

Manitas de lata

Me ha dado por llevar una especie de diario en papel en el trabajo, no sé si lo había mencionado... Sí, creo que sí, al hablar de Mr. X, porque escribo sobre él, claro. No es el único tema. El otro día me sentí tan perdida en un asunto que me dio por desahogarme ahí, hablando sobre lo feliz que me siento cuando hago un trabajo más manual que intelectual. Me habría cambiado por el tipo que tenía que arreglar la escalera de hormigón rota, y además es posible que hubiera acertado, al menos por el lado de la satisfacción. Está claro que no lo voy a hacer, nadie renuncia a su trabajo cuando teóricamente es el adecuado, y menos por una ventolera momentánea.

... sólo que no es tan momentánea; siempre me ocurre eso cuando el resultado es más o menos aceptable: al acabar, me siento muy relajada y contenta. Debería replantearme las cosas, en lugar de quejarme tanto por aquí.

Hoy he estado de aprendiz de encuadernadora y me lo he pasado como una enana. No tenía los medios que utilizaría un profesional; sólo mi vieja caja de herramientas y un poco de imaginación. Y el libro deshojado en mis manos. Y una página de internet: ésta.

En vez de prensa, tenía dos sargentas y la esquina del mueble de la sala para cuadrar las hojas. En lugar de una cola decente, tenía la que sobró del montaje de unas estanterías en kit, que ya veremos qué calidad tiene. He usado el pegote original para hacer un rollito y apoyar en él la parte del libro que no sujetaban las sargentas, y el hilo ha sido vilmente sustraído del costurero de mi madre. Lo peor, mi falta de paciencia, como siempre; a posteriori, se me han ocurrido cosas que podrían haber mejorado la chapuza. Da igual, ya estaba hecha.

El bloque de hojas ha acabado algo torcido y no todas estaban al mismo nivel, alguna sobresalía una micra. Las pastas no podían abarcar el interior, y no me atrevía a apretar las sargentas, porque ya había hecho demasiadas marcas en el papel. Como decía, la próxima vez haré una mejora, que consistirá en apoyar las sargentas sobre un mártir, o sea, sobre un trozo de madera que no me importará apretar y marcar.

Pero ese libro ya no se soltará, y me siento tan satisfecha...

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