Filosofando de vuelta del trabajo, me he preguntado por qué tengo ese descreimiento total con respecto a esos sistemas tan americanos de calidad que, de vez en cuando, tratan de vendernos como si fueran la panacea.
No es la primera vez que me lo pregunto. El caso es que, como idea, está bien lo de tratar de hacer las cosas cada vez con más eficiencia (siempre que no nos obsesionemos ni nos dé un infarto). Pensaba que quizá me parecía que es la típica cosa carísima que acaba abandonada en un cajón, pero mi neurona viuda no terminaba de concretarlo.
Y hete aquí que hoy, de golpe, se me ha iluminado la bombilla: no creo en esos sistemas porque en realidad es muy difícil que mejoren una empresa de cara a los propios empleados. Es decir, las relaciones entre los empleados. Y entre los jefes y los empleados. Y entre los jefes.
Dicho de otro modo: esos sistemas no pueden cambiar la personalidad de alguna gentuza, con lo cual difícilmente va a haber mejoras de base, bien asentadas. Puede que se consigan cosas en los productos, de cara al cliente, pero a base de esfuerzos particulares de algunos, que encima probablemente sean los peor tratados y los que paguen el pato. El clima laboral seguirá siendo una puta mierda. Las injusticias, las malas leches enquistadas, los jefes desastrosos que no se pueden despedir... eso no hay quien lo mueva.
Y, sin duda, seguirá repercutiendo en la producción.
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