miércoles, 15 de diciembre de 2010

Pre-Navidad

El otro día, yendo en bus, pasé por una zona rural. En esta época del año suelo pensar que hay un silencio especial en los campos vacíos, algo que es como un brillo en la hierba y que me hace pensar en los días que vienen.
Cuando estoy en esa onda, me vienen a la cabeza el paso del tiempo, la oscuridad, lo breve que es la vida, el fin del mundo... y, a pesar de todo, hay algo tradicional y confortante en ese silencio. Es casi mágico, y me resulta muchísimo más navideño que esas luces comerciales que han puesto en mi calle antes de tiempo y que, aunque sean menos horteras que otras veces, me dan tentaciones de quitar a tijeretazos. Eso sí, con guantes de goma, que los cables tienen que tener muchos voltios.

Ya tendría que haber hecho las compras de Navidad. Este año tengo el problema añadido de que se ha jubilado el pastelero del barrio y tengo que desplazarme un poco más lejos para ir a comprar. No sé qué tal funcionarán las pastelerías más apartadas en cuestión de turrones, polvorones, trufas..., pero habrá que probar. Desde luego, nada de tirar de supermercado, y no es por pijerío, es que, si es necesario, prefiero comprarme cuatro dulces buenos que ocho mediocres, o cambiar el presupuesto dedicando más a esto y menos a cualquier otra cosa. Si en estas fechas no miramos la calidad, no sé cuándo vamos a hacerlo. Seguro que nuestro estómago nos lo agradece, y engordaremos menos.

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