jueves, 20 de enero de 2011

Atrás en el tiempo

Ordenando mis libros viejos, topé con uno de relatos del siglo XIX. Me hizo volver a los 18 años, y es curioso, no sé por qué precisamente a esa edad, ya que, si no recuerdo mal, ese libro lo había leído años antes. Por unos días me he sentido como entonces y he comparado aquella vida con la de ahora.

Resulta que el tiempo pasa, nos hacemos vejetes... pero creo que hay mucho tópico al respecto.

A los dieciocho, yo estaba hecha un desastre. No había podido entrar en la facultad que realmente quería, arrastraba una actividad extraescolar de la que no sabía cómo librarme, y sólo la academia de idiomas a la que asistía me ofrecía algo agradable en el día a día. En cuanto a mi vida social, mis pocos amigos del instituto habían elegido carreras diferentes y nos estábamos perdiendo de vista. Mi autoestima estaba por los suelos. Ni siquiera mi ropa parecía pertenecerme, trataba de dar una imagen que no tenía nada que ver conmigo. Y no creo que mi familia me entendiera. Tampoco les dije en aquel momento lo mucho que me horrorizaban mis estudios, en parte por orgullo y en parte porque sabía que de todos modos no permitirían que los abandonase. En general, me sentía bastante desgraciada.

Sin embargo, era joven, estaba sana, tenía la oportunidad de estudiar y me quedaban muchas cosas que vivir, ¿me quejaba de vicio? No, no lo creo. Sólo tener que estudiar algo que no te gusta ya es un factor de frustración muy grande. Eso que he sentido estos días ha sido como volver a tener esa edad, y era un sentimiento auténtico de desazón, tal y como lo recuerdo, así que no creo que me quejara sin motivo.

Entonces, ¿seguro que es buena la época de la juventud? La verdad, me parece que está un poco mitificada. Yo echo un poco de menos esa energía, esa mala leche por seguir adelante, pero muchas veces se encauza mal o produce mucho estrés. Desde luego, cuando pienso en lo que sentía, no volvería jamás a vivir esos años.

Poco a poco, esforzándome, conseguí que las cosas mejoraran. Entré en la facultad que prefería y mandé a freír espárragos a la otra, aunque no fue nada fácil, tuve que dar muchas vueltas, más que nada para que mi familia no se opusiera. Terminé con unas notas bastante aceptables y con un título. Luego conseguí algunos malos trabajos, y después otros no tan malos. Sigo buscando, pero es por ser culo de mal asiento, y la tendencia es a mejorar. Además, empecé a hacer deporte y sigo practicándolo, con todos los beneficios que me supone. He aprendido a estar sola sin que me afecte demasiado. Cada vez doy menos importancia a las cosas que en el fondo no la tienen. La opinión ajena, poco a poco me la voy pasando por el arco de triunfo. Me estoy volviendo algo cínica, y eso es bueno para sobrevivir sin hundirse.

Lo único malo de volverme viejuna es que nunca seré campeona olímpica de nada, pero casi mejor así, con todo el sobreesfuerzo y el dopaje que eso implica muchas veces.


Mm, dejemos las filosofadas, tengo una recomendación: si os gusta la música de influencia celta, escuchad Celtic Fire, de Medwyn Goodall. Lo he descubierto hace un par de días.

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