domingo, 17 de octubre de 2010

Pafuera

Me han venido a buscar y hemos ido hasta los confines de la ciudad. No me gustaba demasiado la idea, son zonas que últimamente no son seguras. He renunciado a llevar mi cámara, a pesar de que luego he visto alguna cosa que me habría gustado afotar.

En realidad, ha sido un coñazo de paseo, de esos que te hacen besar el suelo cuando vuelves a zona civilizada, y no querer salir de casa una vez has entrado. Hemos visto lo que han construido y lo que han dejado a medias, seguramente por la crisis. En lo terminado es difícil que llegue a haber vida más allá de la de una ciudad dormitorio, porque nadie se anima a poner negocios: ni hay dinero para invertir ni hay expectativa de tener clientes. También han puesto unas extrañas esculturas que aún no sé cómo catalogar, pero cualquier cosa menos atractivas. Una de ellas parecía peligrosa y todo, creo que algún día le dará un disgusto a alguien, porque tiene partes que acabarán cayendo al suelo. En fin, seguro que se han gastado el dinero que no tenemos en una puta mierda que no le gusta a nadie ni tiene ninguna utilidad. Bonito momento para invertir en arte dudoso.

De veras, el barrio daba un poco de yuyu. Aún es bastante nuevo, pero me parece que pronto empezará a deteriorarse, y el ambiente, lo mismo. Si es que no ha empezado ya, porque vamos, le habría cascado una multa millonaria al hortera que ponía Los Chunguitos o lo que sea (puaj) a un volumen para todo el vecindario.

El cielo estaba gris y amenazaba lluvia, y he vuelto pensando en la soledad. Apenas había gente por la calle, porque ya era hora de comer. Era todo muy, muy deprimente. Se entiende que Todos Los Santos sea en otoño.

No sé, creo que voy a acabar muy sola.

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