sábado, 8 de mayo de 2010

Psicoterapia casera

Tengo un día un poco más raro que de costumbre. En el desayuno he comentado que qué paz, qué bien que no estaba cierta tipa molesta que huele a sobaco tóxico. Casi habíamos terminado cuando, zas, allá que entra. Además, tenía que ponerse al lado. No me he cortado en mis aspavientos y comentarios. La muy guarra... Cualquier día se va a dar definitivamente por aludida y la vamos a tener. Acabaré denunciada, porque si se pone tonta, me defenderé, y soy más grande, así que no sería raro que fuera ella la de la uña rota, el ojo morado o lo que sea. Esta vez me he marchado y ya está, pero...

Luego, de forma inesperada, he tenido un momento-recuerdo que ha acabado en una especie de psicoterapia. Hemos sacado a la luz toda la tristeza de los 80, toda la grave equivocación de los padres que ignoran las verdaderas aptitudes de los hijos y les ordenan aprender cosas para las que no están dotados o que no les interesan.
Parece una bobada, ¿verdad? Deberíamos estar agradecidos por haber tenido unos padres que se preocuparon por darnos algo más que la educación obligatoria, ¿a que sí? Pues habría mucho que rascar. Sobre todo, cuando está claro que despuntas en algo y te hacen olvidarlo a base de apuntarte a cursos de cosas que en un momento dado están de moda, por mucho que lo que te interesa esté en otra parte.
En fin, como los niños tampoco vienen con manual de instrucciones, más o menos tácitamente hemos quedado en olvidarlo.

Esto de la memoria es como un cesto de cerezas, dicen. No es posible aislar los recuerdos; si coges uno, vendrán otros encadenados por el rabito. Inevitablemente, me he puesto a pensar en cierto alguien. Google me ha dicho que tiene Facebook. Bonita foto.
Ha vuelto la repuñetera sensación de que mi lugar no era otro que a su lado. Y es una sensación nada dudosa, profunda como un cuchillo en el corazón.

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