Érase una vez un niño, o una niña, da igual. Tenía aptitudes para la escultura. Pero en la época era el ballet lo que estaba de moda. O el clarinete, o el encaje de bolillos. Así que sus padres decidieron que debía dedicarse a eso, no a la escultura. Por la puñetera moda, porque el niño del vecino hace eso y dicen que le va muy bien. Y además es tan monooo...
El niño, la niña, fue creciendo y olvidando que le gustaba la escultura. Total, tampoco tenía tiempo para ello. Vio que nunca despuntaría en ballet, en clarinete o en encaje de bolillos, pero iba superando los cursos. Era como un funcionario gris.
El niño, la niña, cumplió 20 años, luego 30... y vislumbró cuál podía ser una de las raíces de su infelicidad.
Porque cuando retomó la escultura por su cuenta, vio que el mundo desaparecía a su alrededor.
Pero entonces ya tenía un empleo fijo y una vida cuadriculada que no le dejaba mucho tiempo libre.
Sacó la conclusión de que en realidad sus padres querían que tuviera una educación artística solamente secundaria. Lo principal era que terminara una carrera universitaria. Fomentándole su capacidad innata para la escultura, era muy posible que el niño, la niña, no quisiera dedicarse a nada más... y todo el mundo sabe que los bohemios son gente poco formal, de mal vivir, y a veces se mueren de hambre. Así que era importante desviar su atención, darle ocupaciones.
Para entonces, tal vez la desatención hacia su talento ya lo había dañado para siempre.
El niño, la niña, vive aún. Y no sabe cómo salir de la tristeza que le produce todo eso. Muchas veces no es capaz de empuñar el escoplo y el martillo, o le dan pequeños ataques de ansiedad ante el bloque de piedra virgen. Cree que no puede recuperar décadas de falta de entrenamiento.
Y espera equivocarse.
Educación artística...
ResponderEliminarhttp://www.youtube.com/watch?v=RDlqfjXwyLg
Son solo 10 minutos y merece la pena verlo...
Interesante, el tipo. Cierto, se nos educa en la precaución, y es normal, pero también tiene sus consecuencias.
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